viernes 24 de septiembre de 2010

Sin dinero en los bolsillos


Había un señor, que estaba pasando por un duro momento económico. Lamentablemente estas dificultades suelen rasgar el alma, no sólo por la ausencia de bienes materiales a los que nos acostumbramos los humanos, si no porque la sociedad nos ha acostumbrado que un hombre exitoso es un hombre con dinero.
Este hombre, al que llamaré Tito, se reunió con su hijo, un pseudo-oligarca joven, para conversar de la vida de ambos.
Al finalizar la velada, Tito no logró sentirse mejor. No encontró paz en las palabras de su hijo. Pero sobretodo sus acciones lo intimidaron.
Su hijo lo llevo a un lugar muy elegante y caro. Pagó $80 en un almuerzo que dejó a ambos con hambre. Y tenía cierta actitud de despilfarro. Tito en silencio padecía al ver de reojo las facturas. Este señor estaba en serias dificultades, con esos ochenta dólares hubiese respirado tranquilo un par de semanas.
El hijo de Tito no pretendía incomodar a su padre, ni se enteró del desaire indirecto que había hecho. Él sólo quizo complacer al papá, llevarlo a un lugar bonito, recordarle de manera reconfortante lo que era tener una buena posición social. Por el contrario el papá se sintió miserable. Y lo miserable estaba en evidencia...

Nos acostumbramos a lujos y los convertimos en "necesidades". No medimos prioridades. Vivimos como ricos la mitad del mes y la otra mitad contamos centavos.
No es miserable tener dinero, para nada. La miseria está en querer tener lo innecesario a toda costa. Y la estupidez está en el derroche.

Maldigo está onda dependiente de Blackberrys, maldigo esta sociedad, maldigo mi propia actitud cómoda y recalco que no es más bueno quien tenga menos dinero. Pero claro que es un mérito priorizar lo obligatorio y olvidar las vanalidades. ¿Qué puedo decir de lo contrario?

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