
Estoy tan lejos del mundo que el mundo me ha abandonado. Y lo noto paradójicamente en un momento en que lo desprecio. No estoy de acuerdo con nada de lo que se presenta, no quiero ser parte de tanta barbarie de pensamiento, y en medio de la queja soy el modelo intacto de este desaire.
... Y me llamo abandonada, porque para el mundo que desprecio este rato que me toca es meritorio de su atención, de su compasión, de su pena. El mundo estaría triste por mí, estaría junto a mi imagen llorosa con cara de borrego. Para mí, este momento no es más que una oportunidad que tienen los humanos del mundo que desprecio para gozar del drama. Para mí, es un instante triste en que no necesito de nadie, pero me atañe la pena de que la gente del mundo que desprecio, que en consciencia sufriría un pesar como el mío, no necesita acompañarme a llorar, no tiene culpa al desampararme, no tiene remordimientos al ausentarse sin escrúpulos de la vida de un amigo (dicho por el mundo que desprecio, no por mí)...
¿Estos son los amigos?, ¿estos son los buenos humanos que conocí y que me juzgaron cruel?, ¿esta es la gente que debo querer?
En el mundo que desprecio, y que nunca he querido querer y que he querido porque me es inevitable, el gentío se mueve cuando uno les tiene fe, cuando uno les promete algo de su interés. ¿Qué nos queda a quienes ya no podemos creer o ya no podemos fingir?
0 comentarios:
Publicar un comentario en la entrada