
Ayer parecía tener otra vida en que mi desprecio coqueto te adhería a mi silueta y tu salamería te acercaba a mi de una forma no tan digna. Me es fácil recordar el antes impreciso.
Recuerdo un poco tu sentimiento ficticio, y lo convencida que estaba yo de estar al mando de tus pensamientos, de tus emociones o de esas cosas que cambian a la gente. Yo estaba segura de mi influencia a ti, creía ser lo que soy hoy. Estaba tan segura como ahora de tu devoción. Di créditos en vano y puse las excusas que necesité para asegurar una lucha que nunca tuviste... por mí.
Y entonces pasó el tiempo, un tiempo corto, sentido así por lo agradable y me regalas un primer discurso sincero, lleno de todas las mentiras anteriores. Entendí la falsedad de tu fervor por mi, me llené de verdad tan fácil y tan rápido que quedé ciega de dolor. Lloré tanto intentando limpiar mis ojos que no veían y entonces dejé de llorar y dejé de sentirme víctima de tu amor diminuto, ese que había crecido. Dejé de ser frágil para contrastar tu pasión, me defendí de la idea de desamor, me protegía de la aflicción, me cubría con fortalezas de juguete y entonces la mentirosa fui yo.
Y ahora escucho juicios de mi traición, me señala el veredicto malvado de un buen Dios pretendiendo abreviar mi amor. Me dice con soberbia y en distintas formas cuán abajo estoy, reclama lo poco que me dio, protesta por sus méritos mientras me escupe la perfidia que con sonrisa dice que lo mató. Y entiendo que la mala soy yo...
Con algunas llagas sobo la piel de mi alma pidiéndome perdón, y otra vez busco formas de cambiar los desastres en coincidencias oportunas, no lo consigo y vuelvo a ti invocando tu atención, tu amor.
Después de unos días que parecieron años, por lo desagradable, empieza un nuevo cortejo estropeado pero vehemente, temeroso pero honesto y me encuentro convencida leyendo en tu retina que en el fondo me crees cuando te digo que hoy te quiero.